miércoles, 9 de septiembre de 2009

Oh, Cleopatra.



Había días en los que hasta la abrazaba. Un movimiento brusco; la tomaba por los hombros, la hundía contra su pecho. Eran dos simples pasos. El gesto duraba apenas lo suficiente para ser captado. Al instante la apartaba, volvía a su sitio. El mundo volvía a su sitio también.
Arrebatos como este se sucedían día tras día, siempre bruscos y sin explicación alguna. Cierto día, cuando Lilith bajaba las escaleras se produjo el más fuerte. Su culo se balanceaba suavemente al bajar, muy suavemente. Lo recordaba a la perfección. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Los músculos de las piernas se marcaban acompañando dicho movimiento, se ceñía el pantalón a su trasero y este continuaba balanceándose. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. su pelo ondeaba... la empujó. Ambas manos abiertas contra sus omóplatos. un golpe seco, habría podido desatragantar a cualquier torpe comensal. Lilith rodó escaleras abajo. Quedó tendida en el rellano. Articulaciones en ágnulos extraños. Pensó en los egipcios, Cleopatra y sus extraños bailes. Se acuclilló junto a ella y con el bolígrafo de su bolsillo alargó la línea de sus ojos. Oh, Cleopatra. Aquella nueva perspectiva lo excitaba de sobremanera. Comenzó a desnudarla, dibujando nuevos jeroglíficos por todo su cuerpo. trazó su silueta con tiza en el gastado parquet. Amó aquellos fríos labios morados y lamió el lóbulo de su oreja. Jugó a acariciarla, a desearla como Cleopatra. Pero Cleopatra era una reina del cálido desierto y Lilith estaba muy fría.


Ojalá algo hubiera sido distinto.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Caótico mundo en este jodido firmamento



¿Sabes? Pareces delicada como una muñeca de porcelana. Suave, pálida. Esos labios rosados, inexpresivos, tan cerca... Hay noches en las que sólo sueño con desgarrarte esa piel, arrancarla a tiras y acariciar con mi lengua tus heridas. Sentir tu sangre tibia contra mi lengua, mi saliva ácida mezclarse con el óxido. Acariciar con mis uñas tu espalda hasta desgarrarte, quiero tu piel blanca en mis uñas, tus ojos asustadizos quiero que continúen mirando. Vamos, mírame ¿acaso soy un monstruo? Déjame tomar tu garganta. No, no, no cierres los ojos, amor, quiero que me veas. Vamos, mírame. Puedo oir tu sangre martilleando desde aquí, demasiado rápido, parece que quiere salir. ¿No crees? Abriré la puerta entonces, no hace falta que me lo agradezcas, cariño. No, no me agarres, tus manos... ah, tus manos. Tus delicados dedos, a qué esperas, ¿por qué no disfrutar tanto como yo? A qué esperas para tocarte, pequeña. Puedo hacerlo yo si lo deseas, tú sólo sigue así de quieta. Dame tu mano, rápido. Esas uñas serán estupendas ¿no crees? Vamos ¿a qué esperas?. Déjame quebrar tus costillas y lamer tus pulmones, encontraré ahí todo el oxígeno que no hay en este jodido firmamento. Tú sólo déjame poder quebrar tus venas con mis dientes. Quiero todas y cada una de esas pestañas, y las tomaré, son mías. Eres mía. ¿A qué esperas para entregarte?

Mío, no tuyo, no suyo, sólo mío. Es claro, es sencillo. Por qué te cuesta tanto entenderlo. Te daré tiempo, te daré los segundos antes de que tu inútil corazón deje de latir.




Aparece.