¿Cuándo dices?
Ya sabes, eres pequeño, eres... tonto, sí, tonto. Levantas la vista y aún te preguntas día a día cómo era eso de que el mar era azul porque el cielo no sé qué...
Ah, eso.
Sí, eso.
Entonces, ¿qué decías?
En esos días, ¿quién eres? Si no sabes ni de qué color es el cielo, si aún te sorprende la aparición de las nubes con su color plomizo... ¿Cómo vas a ser? ¿Eres una persona? ¿Tienes acaso opinión sobre la aparición de las nubes? Nada. ¿Y si estuvieras solo? ¿Qué pasaría si te acostumbrases únicamente a los hábitos de la naturaleza? Ya sabes, hasta no comprenderlos, si no simplemente habituarte. Sin hacer cuestión. Sin tener quien te cuestione. ¿Quién es humano sin humanos? ¿Quién es persona sin personas? Quien se vuelve bueno, o malo, o tacaño, o cruel, sin nadie que lo pruebe, sin nadie que recrimine. Sin nadie que te obligue a ello.
¿Mejor solos entonces?
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jueves, 5 de abril de 2012
domingo, 26 de septiembre de 2010
domingo, 18 de octubre de 2009
Domingos
Muchas veces parece que los días cambian según nuestro “contexto” interior. Hoy llueve, hoy hace frío... pero quizá unos días la lluvia no es tan amarga, y otros el sol no alumbra tanto. Días grises, días de “color de rosa”, días y días que se suceden uno tras otro, después de todo.
Algunas veces el cambio de estación no tiene que ver con la forma de llegar de los rayos del sol a la Tierra, ni todo tipo de términos científicos que puedan aparecer en los libros de texto; si no que, por causas desconocidas (o conocidos y conocidas con nombre y apellidos) pueden hacer de un terrible lunes lluvioso un atractivo nuevo día del que ni el jo... robado despertador pueda amargarte. Otros te transforman, quizá una acción, unas mínimas palabras. El “no me ha hecho daño” de siempre cuando el inconsciente de tu subconsciente te repite que entres en razón.
Pero obstinados siempre, humanos siempre, seremos los últimos aceptarlo e intentar arreglarlo.Siempre me he imaginado cada semana como un año, con sus estaciones, sus cambios; pero esta parece una comparación muy típica, prefiero compararla con el patio de mi casa, que sí, es particular. Cada día de la semana voy barriendo todas las hojas y desperdicios varios que ahí se acumulan, barriendo y barriendo transcurre la semana y cada noche acumulo más “residuos”, por así decirlo.
Entonces, llega el domingo, o esa noche del sábado al domingo; en esa noche, cojo mi recogedor interior e intento poner en él toda esa “mierda”, pero al despertar hay una pequeña fila de residuos, que el viento volverá a esparcir para darme qué pensar en uno de esos malditos domingos. Esos malditos domingos invernales aunque el termómetro pueda marcar 40º, y aunque haya domingos distintos todos comparten esos estándares y nadie ¡nadie los cambiará! Porque el domingo te llevará a cada uno de esos terribles lunes que tanto odia Garfield (una actitud comprensible, sin duda) pero quizá ese lunes no sea tan terrible, puede que salga un sol tímido entre las hipotéticas nubes negras y te mire en forma de “conocido”, o “buena nota”, o “profesor enfermo” o simplemente sea una alegría muy tonta fruto de las drogas blandas consumidas un sábado noche.
Algunas veces el cambio de estación no tiene que ver con la forma de llegar de los rayos del sol a la Tierra, ni todo tipo de términos científicos que puedan aparecer en los libros de texto; si no que, por causas desconocidas (o conocidos y conocidas con nombre y apellidos) pueden hacer de un terrible lunes lluvioso un atractivo nuevo día del que ni el jo... robado despertador pueda amargarte. Otros te transforman, quizá una acción, unas mínimas palabras. El “no me ha hecho daño” de siempre cuando el inconsciente de tu subconsciente te repite que entres en razón.
Pero obstinados siempre, humanos siempre, seremos los últimos aceptarlo e intentar arreglarlo.Siempre me he imaginado cada semana como un año, con sus estaciones, sus cambios; pero esta parece una comparación muy típica, prefiero compararla con el patio de mi casa, que sí, es particular. Cada día de la semana voy barriendo todas las hojas y desperdicios varios que ahí se acumulan, barriendo y barriendo transcurre la semana y cada noche acumulo más “residuos”, por así decirlo.
Entonces, llega el domingo, o esa noche del sábado al domingo; en esa noche, cojo mi recogedor interior e intento poner en él toda esa “mierda”, pero al despertar hay una pequeña fila de residuos, que el viento volverá a esparcir para darme qué pensar en uno de esos malditos domingos. Esos malditos domingos invernales aunque el termómetro pueda marcar 40º, y aunque haya domingos distintos todos comparten esos estándares y nadie ¡nadie los cambiará! Porque el domingo te llevará a cada uno de esos terribles lunes que tanto odia Garfield (una actitud comprensible, sin duda) pero quizá ese lunes no sea tan terrible, puede que salga un sol tímido entre las hipotéticas nubes negras y te mire en forma de “conocido”, o “buena nota”, o “profesor enfermo” o simplemente sea una alegría muy tonta fruto de las drogas blandas consumidas un sábado noche.
jueves, 15 de octubre de 2009
Ahogamiento, gilipollas
Soy como un terrón de azúcar, sabes? Ahora me ahogo, en un vaso de agua, o mejor, un café, de esos que siempre me estoy tomando, uno igual a ese. siento como me hundo, poco a poco, y no sé la razón, no le entiendo, y me hundo en el café como un puto terrón de azúcar. Tus palabras que antes me reconfortaban son una cuchara que me obliga a hundirme más, y más, y más... ¿por qué lo haces? ¿de dónde sale? ¿de dónde, coño, sale? Y me hundes más, y más, y más... y yo no entiendo nada, NADA. Cuál es tu juego, que clase de peón soy yo en todo esto y por qué jodida razón no hago nada para evitarlo; por qué soy una excepción contigo, todo es racional, todo es claro entre mi mente y mi cuerpo. Pero vienes tú, PUUUUUUUUUM! Todo se desequilibra, se siembra el caos, aparecen las jodidas excusas con las que intento convencerme de la primera mierda que a cada día se vuelve menos creíble. ¿Y sabes qué? Me convenzo, eso es lo más triste, me creo las propias mentiras que yo me intento y me aferro a ellas igual que el terrón de azúcar a la cuchara, así soy yo, aferrándome a ti, como una bendita gilipollas. Y una gilipollas un tanto más gilipollas, porque me atrevo a dar un paso más ¡sí! y decir recordarme a mí misma que la culpa la tiene...
... esa mirada tan bonita tuya, y las contadas palabras con sentimiento que dices al aire y yo escucho aunque no vayan dirigidas a mí, y esa mueca, adoro tus jodidas muecas.
... esa mirada tan bonita tuya, y las contadas palabras con sentimiento que dices al aire y yo escucho aunque no vayan dirigidas a mí, y esa mueca, adoro tus jodidas muecas.
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