Observó las tenues lámparas, el café, el cigarrillo a medio consumir sobre el cenicero, el mechero, su propio pelo resbalando por su pecho. La carta, la mesa, el techo rojo (o granate), las mesas, sus piernas bajo sus brazos.
Miró atrás, vio la mesa, la pantalla del ordenador, la gitarra a sus espaldas, y el pelo otra vez sobre su pecho (o recogido, no lograba recordarlo). Sus propias manos sobre el teclado, los anillos, y las lágrimas deslizándose por su rostro.
Recordó como las enjugaba y rezaba para que no vinieran más. El desconsuelo al principio...
... y la paz ahora. Volvió a l presente, al bar, a las lámparas tenues, a las mesas, a sus manos sobre el papel.
Intentó echar un ojo al futuro, sólo un vistazo, intentar ver lo que estaba por llegar. Agitó la cabeza, el pelo. No, no, y no. El presente era cercano, miles de cuadros la observaban desde la pared. Sonrió devolviéndoles la mirada. Estaba allí, y estaría bien. Daban igual los cambios, todo tenía la misma base, el pelo seguía igual. Recogido o suelto. Las manos eran las mismas, con o sin anillos. El techo rojo (o granate), el cielo, la oscuridad. Daba igual.
Cambiaba el lugar, el escenario, pero era la misma función. Morder el parquet o el asfalto, era lo mismo, había que levantarse después.
Ahora el cigarrillo no era más que ceniza, el café descansaba vacío. Pero su pelo, sus manos, sus piernas, ella. Ella era la misma. Con los recuerdos de aquellas lágrimas como una nueva lección para aprender. Se sonrió a sí misma esta vez, con la cabeza baja, levantó la vista y escribió el último punto, final.
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martes, 16 de febrero de 2010
jueves, 10 de diciembre de 2009
Alzheimer
Había cuatro flores en el florero de la entrada, cuatro que cambiaba meticulosamente cada día, para que no se pudieran.. o no darme cuenta yo de que pasaba el tiempo.
No sabría decir cuántas flores se sucedieron en todos aquellos días, ¿cientos, quizá?, ¿o apenas diez? Como he dicho, no sé la respuesta.
Eran rojas, siempre rojas, si no las había yo misma me ocupaba de que se volveiran rojas de alguna manera. Quería recordar los colores, lo vivos que eran, saber la pasión que el rojo había representado en aquellos quince años que pronto olvidaría.
Y eran rosas, rosas de las de verdad, no de color rosa. No soy redundante, pero, pero... maldita sea, no, no soy redundante. Eran rosas porque... ¡por los tangos que aprendí a bailar con él! Eso era. Me cudiaba de quitarle las espinas, para poder creerme una princesa eternamente joven al agarrar alguno entre la dentadura.
La dentadura... ¿pero dónde está la dentadura? Sobre la chimenea, sí, sobre la chimenea. Al lado hay una foto de mi hijo, Ricardo, qué guapo es. Hace tiempo se marchó, pero... no recuerdo verlo volver. Esperad ¿dónde está Ricardo?, ¿dónde mi marido? Hija ¿dónde están todos? La habitación está vacía. Mi hija, mi hija estaba aquí. Las 9, no puede ser tan tarde. Entonces ¿ya se ha marchado? No recuerdo oír cerrarse la puerta. Quizá fue ayer. Pero ¿dónde está Ricardo?, ¿dónde mi hija?, ¿dónde la dentadura? Dios mío, las 9, me echarán del taller, debo marcharme, pero esta no es mi casa. No puede ser, yo no tengo una chimenea, ¿por qué no puedo vocalizar?, ¿qué, qué...? Mis... mis dientes.
Mi... mis recuerdos...
¿Quién es la del espejo? ¡Fuera de mi casa!
Y dónde, ¿dónde estoy yo?
domingo, 6 de diciembre de 2009
Para explicarme.
Podría empezar por el principio. Sería una buena idea, comenzar hablando de lo que por ti sentía, de la chispa en el estómago al verte; o podría pasar directamente a hablar de las cosas que esperaba encontrar en tu mirada y no aparecían, a las noches que buscaba calor en una cama vacía.
Por suerte para mí, y mala para ti, éste no es el texto en el que te voy a relatar la verdad.
Era invierno, frío, aburrido, dormido, un eterno domingo se sucedía y las casas grises no invitaban a sonreír por las mañanas. Las clases eran soporíferas, la gente sin sentido llevaba su vida por el mal camino. Yo no era distinta, pero yo me labré mi mal camino sola. Sin pala ni apisonadora, fui creando un sendero, encontrando piedras que entorpecieron mi camino, pero labrándolo sola.
Así era la situación cuando te conocí. Cambió el invierno a la primavera, pero las casas siguieron grises y las clases sólo evolucionaron en más soporíferas. Los caminos de la gente nos iban apartando a todos. Marta por un lado, Ana por el otro, y así nos íbamos encerrando todas en nuestros mundos; con nuestro rincón en soledad, nuestro grupo de amigos y nuestros respectivos fantasmas del pasado para atormentarnos. Pero los míos no se parecían a los suyos, yo no tenía miedo a la oscuridad, o claustrofobia por haberme quedado encerrada en un ascensor; yo tenía miedo a aquellas arrugas que me convirtieran en ella...
La abuela vivía a algo menos de 10 km de la ciudad, una vez me fui haciendo mayor, iba andando sola a visitarla. Llevaba su tiempo, pero merecía la pena perderse por aquellos caminos de la periferia; diría que tienen un encanto especial, las calles eran finas y hasta aquella humedad le daba un toque más perdido, a mí me gustaba sentirme perdida y, nada más ver aquella puerta azulada, saber que había vuelto a encontrarme.
De mi rutina poco más se encontraba destacable, un café, dos tostadas y de vuelta a la calle. Caminar por una avenida para ir a clase, a las dos coger el mandil para trabajar en el bar de la esquina y servir café y tostadas a quien podía amanecer más tarde.
En el tiempo libre solía volver a la calle, dar un vuelta, tomar a deshoras más café y tostadas, yo era la que no tenía hora de llegada... ni obligación de volver. De manera que apenas si veía a mi madre una vez al día, y si no estaba en chándal unas ojeras negras ensombrecían mi mirada, apenas un hola y un adiós hasta el día siguiente, o a la vuelta del fin de semana.
A él apenas lo conocía, sé que pasaba por casa de vez en cuando, dejaba colillas en el cenicero y colonia en su cama. Alguna vez coincidimos desayunando, se interesó por mis estudios, mi trabajo, y mis piernas largas.
Al otro lo visitaba de vez en cuando, siempre con flores,él se mantenía escuchando mi rutina, yo me sentaba en la hierba y leía mil veces el epitafio. Hacía esto cuando no tenía ganas de que me repitieran la historia, o las matemáticas, o, simple y llanamente, no tenía ganas de ser observada. Cuando cruzaba de vuelta las puertas de vuelta a casa, cambiaba mi camino hacia casa de la abuela, algunas veces también había flores para ella. Esta también se mantenía atenta a mis palabras, alimentaba su mente con vivencias que ya no tenía y, más tarde, me daba dinero como queriendo comprar mi vuelta, o pagar mis palabras.
Entonces llegó el día en que ella no volvió a casa, desaparecieron las colillas y el olor a colonia, aparecieron las deudas del recibo de la luz y del agua. No dejó una nota, sólo un poco de dinero que se me fue en el autobús una mañana de lluvia. Al poco tiempo decidí que no necesitaba sesenta metros cuadrados para mi vida, treinta me llegaban en cuanto le sumábamos la inmensidad de la ciudad.
Acabaron las clases, la lluvia y mi contrato. La calle se tornó de otro color y me mostró una nueva forma de vida. Tres noches a la semana no sólo el novio de mi madre se fijaba en mis piernas largas. Seis meses pasaron hasta que murió la abuela, me dejó su casa, sus recuerdos y diez kilómetros para la ciudad.
De casa al parque lo conocí a él, me buscaba. Yo era delgada de piernas largas, todo lo que necesitaba para una exclusiva cada tres semanas. Nada me costó decir el “sí, quiero”, poco me importaron las fotos, los rumores y los cotilleos. Un ático de doscientos metros, una vida pagada y un “para siempre no te quiero”.
Esa puede ser la historia, aunque no lo sea, tú créela, me ha costado mucho más que olvidarte en éste tiempo.
Después de una pausa, se retorna con más fuerza.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Oh, Cleopatra.

Había días en los que hasta la abrazaba. Un movimiento brusco; la tomaba por los hombros, la hundía contra su pecho. Eran dos simples pasos. El gesto duraba apenas lo suficiente para ser captado. Al instante la apartaba, volvía a su sitio. El mundo volvía a su sitio también.
Arrebatos como este se sucedían día tras día, siempre bruscos y sin explicación alguna. Cierto día, cuando Lilith bajaba las escaleras se produjo el más fuerte. Su culo se balanceaba suavemente al bajar, muy suavemente. Lo recordaba a la perfección. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Los músculos de las piernas se marcaban acompañando dicho movimiento, se ceñía el pantalón a su trasero y este continuaba balanceándose. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. su pelo ondeaba... la empujó. Ambas manos abiertas contra sus omóplatos. un golpe seco, habría podido desatragantar a cualquier torpe comensal. Lilith rodó escaleras abajo. Quedó tendida en el rellano. Articulaciones en ágnulos extraños. Pensó en los egipcios, Cleopatra y sus extraños bailes. Se acuclilló junto a ella y con el bolígrafo de su bolsillo alargó la línea de sus ojos. Oh, Cleopatra. Aquella nueva perspectiva lo excitaba de sobremanera. Comenzó a desnudarla, dibujando nuevos jeroglíficos por todo su cuerpo. trazó su silueta con tiza en el gastado parquet. Amó aquellos fríos labios morados y lamió el lóbulo de su oreja. Jugó a acariciarla, a desearla como Cleopatra. Pero Cleopatra era una reina del cálido desierto y Lilith estaba muy fría.
Ojalá algo hubiera sido distinto.
Arrebatos como este se sucedían día tras día, siempre bruscos y sin explicación alguna. Cierto día, cuando Lilith bajaba las escaleras se produjo el más fuerte. Su culo se balanceaba suavemente al bajar, muy suavemente. Lo recordaba a la perfección. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Los músculos de las piernas se marcaban acompañando dicho movimiento, se ceñía el pantalón a su trasero y este continuaba balanceándose. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. su pelo ondeaba... la empujó. Ambas manos abiertas contra sus omóplatos. un golpe seco, habría podido desatragantar a cualquier torpe comensal. Lilith rodó escaleras abajo. Quedó tendida en el rellano. Articulaciones en ágnulos extraños. Pensó en los egipcios, Cleopatra y sus extraños bailes. Se acuclilló junto a ella y con el bolígrafo de su bolsillo alargó la línea de sus ojos. Oh, Cleopatra. Aquella nueva perspectiva lo excitaba de sobremanera. Comenzó a desnudarla, dibujando nuevos jeroglíficos por todo su cuerpo. trazó su silueta con tiza en el gastado parquet. Amó aquellos fríos labios morados y lamió el lóbulo de su oreja. Jugó a acariciarla, a desearla como Cleopatra. Pero Cleopatra era una reina del cálido desierto y Lilith estaba muy fría.
Ojalá algo hubiera sido distinto.
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